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Índice de recuerdos personales

 

Antonio López Torres · Pintor
1902 - 1987


Recuerdos personales
Juan Martínez - Val
Octubre, 2000
Todo el mundo en la mirada
Recuerdo a Antonio desde mi primera infancia. Siendo yo niño, la suya era una presencia casi constante en casa de mis padres. Era normal verle sentado a la mesa o en fiestas y cumpleaños. Además, tenía una habitación asignada, una pieza grande que familiarmente era conocida como "el cuarto de las dos calefacciones". Allí guardaba sus pinturas y tenía alzado su caballete en muchas ocasiones. En un rincón del pasillo lateral, en perfecto orden, podían encontrarse los botes de aguarrás, aceites y otros productos que él usaba. Creo que más de una vez cacharreé con ellos, pero él nunca se enfadó. Lo cierto es que el olor de las pinturas y de los disolventes resultaba particularmente acogedor en aquella zona de la casa.

He tenido la suerte de ser retratado dos veces por Antonio. La primera en 1960, cuando yo aún no tenía seis años. Las imágenes que guardo de aquello son muy borrosas pero no han llegado a diluirse. Me hizo el dibujo en el cuarto de estar que había junto a la cocina, en casa de mis padres, en Ciudad Real. Esta habitación, cuadrada y de medianas dimensiones, tenía un balcón a la calle de la Rosa, y Antonio invirtió mucho tiempo en situarme, estudiando la luz que me daba en el rostro. También recuerdo algunas pruebas con diferentes tipos de ropa, ya que quería encontrar un cierre adecuado para el retrato.

Comencé a dibujar con él seis años después. Tenía afición por el dibujo y por la música y Antonio se ofreció para que dibujara junto a sus alumnos "oficiales" en la Escuela de Artes y Oficios de Ciudad Real, que entonces creo que dirigía Jerónimo López-Salazar. De manera que él mismo solía llevarme por las tardes, me colocaba frente a un pequeño modelo de escayola en uno de los puestos de dibujo que tenía el aula, y aprendía algo de la técnica de carboncillo.

Antonio se movía con gran naturalidad por el aula y los alumnos le tenían en gran estima. Junto a los puestos de dibujo, cada cual dotado de su propia iluminación y soporte, había otra aula de pintura, que solía convocar a varios aprendices alrededor de un modelo central. Cuando Antonio tomaba la paleta de un alumno en la mano y adoptaba su posición natural de trabajo y concentración, haciendo varios tic con la mano derecha situada bajo la barbilla, los alumnos no tardaban en tomar posiciones junto a él, siempre en silencio, observando su forma de trabajar. 

Avanzaba muy despacio pero su precisión era espectacular: distinguía pequeñísimos matices de color, que aplicaba en porciones a veces mínimas, y que enseguida matizaba con otras gamas. También era un maestro en las correcciones de encajado. Trazaba unas líneas generales y enseñaba al alumno las partes que se correspondían, las formas que guardaban una secreta relación espacial, e indicaba cómo había que representarlas en el papel.

Nunca oí a nadie hablar mal de Antonio. Tampoco le vi nunca imponerse de forma desproporcionada. De alguna manera se captaba que era un ser especial, y que con un lápiz o un pincel en la mano se transformaba. Además trataba a todos en un plano de igualdad que, por así decirlo, desarmaba. Gozaba mostrándonos sus bocetos y apuntes o sus obras terminadas, a pesar de que ninguno de nosotros fuéramos nadie más que meros aprendices. Y lo hacía sin condescendencia ni deseos de apabullar. En sus comentarios se apreciaba un timbre afable y considerado.

En ocasiones he coincidido con alumnos de Antonio y hablado con ellos. Para todos era un genio. Incluso cuando la pintura que después han creado estas personas sea muy distinta del realismo de López Torres, o incluso se adentre totalmente en la abstracción, parecían conscientes de que Antonio no les había enseñado técnica o pintura sino a mirar el mundo a través de los ojos del arte. Y esto contando con que Antonio no era un pintor de sensaciones momentáneas, sino que basaba su obra en una técnica prodigiosa; una técnica que sería bellísimo intentar explicar y reproducir a través de aplicaciones gráficas y de la informática.

También era proverbial su frugalidad. En invierno, cuando regresábamos de la clase de dibujo y atravesábamos la plaza del Ayuntamiento, no era raro que compráramos un paquete de castañas en el puesto que había junto a la carnicería Mazo. Además de calentarnos las manos, las castañas eran una especie de símbolo del final de la jornada. Pero esos días, él ya no tomaba nada de cena o muy poco. Patricia, que era una especie de ama de llaves en casa de mis padres, le decía: "Come usted menos que un pajarito, don Antonio". Y era cierto.

La segunda vez que me retrató fue en Madrid, en 1972. Yo tenía 17 años y había vuelto a dibujar con él. Esta vez me hizo el dibujo en mi propia habitación, junto a la ventana, y él mismo eligió la camisa blanca que debía ponerme. Había una luz muy matizada en aquel cuarto y ese ambiente se respira en el retrato, todo él envuelto en una nube de medias tintas.

Creo que Antonio nunca buscó el efectismo ni el "que quede bonito". Construía sus obras con una coherencia de acero, sin concesiones facilonas. Es posiblemente la pintura más honesta que se ha hecho en el siglo. Hay que añadir que tampoco tenía que dar cuentas a nadie: no pretendía vender, vivía el arte desde el interior y falsearse a sí mismo, hacer concesiones a una galería inexistente, creo que le hubiera angustiado. Era feliz con su pintura porque podía vivir dentro de ella. El hecho de que necesitara tan pocos bienes materiales se lo facilitaba enormemente.

Por esa época también le acompañaba mucho a exposiciones y galerías de arte, sin olvidar numerosas visitas al Museo del Prado.

De exposiciones, una de las que más le gustaron fue la de los Impresionistas, que se celebró en los bajos de la Biblioteca Nacional. Admiraba a van Gogh y a Pisarro. Pero no todo el impresionismo le satisfacía de manera generalizada. Creo que no le gustaba demasiado que a él mismo le llamaran "impresionista" o "postimpresionista" algunos críticos pero eso no influía mucho en su valoración de la pintura de estas escuelas. A mi modo de ver, lo que más contaba en sus juicios de valor era la sinceridad frente a la naturaleza, la falta de trucos, que él descubría con gran facilidad gracias a su dominio técnico. Porque toda la pintura de Antonio no es otra cosa más que un testimonio de su existencia frente a la naturaleza, de su comunicación con ella. De manera que no tenía mucho interés por la artificiosidad. Él carácter lírico que tantas veces emana de sus cuadros le pertenecía por naturaleza, no es un añadido que él consiguiera enmascarándose en recursos aprendidos.

Del museo del Prado le gustaban muchas salas, pero creo que sus preferidas, comenzando por Velázquez, eran las de los primitivos italianos y flamencos, la escuela española del siglo de oro, Tiziano y Goya, además de algunas obras de Rubens.

De los primitivos italianos y flamencos le gustaba casi todo, comenzando por El Bosco y Durero y siguiendo por Fray Angélico y Boticelli. Ahora bien, uno de los cuadros que más veces vi con él, ya que nunca faltaba en nuestros recorrido, era el autorretrato de Tiziano ya viejo. Un cuadro ciertamente impresionante del que alababa todo: la soltura técnica, la entonación del color, el tratamiento del rostro... Se admiraba de que un hombre tan mayor pudiera aún poseer tanta capacidad perceptiva.

Lo que menos le gustaba del museo eran los restauradores. Le parecía natural que los cuadros se cuidaran y se limpiaran, pero no veía lógico que estas personas tomaran en sus manos los pinceles y rehicieran el trabajo de un artista que ya no tenía oportunidad de defenderse.

En una ocasión llegó a casa muy enfadado: "ven al Prado conmigo", me dijo. "Estuve ayer y han puesto peluca a la mitad de los cuadros de Velázquez que estaban restaurando". 

Otra de sus obsesiones era que no arrancaran las veladuras. "El pintor -decía- toma a veces muy poco pigmento y es muy fácil llevárselo cuando se quita el barniz. Entonces el cuadro queda plano, pierde sus brillos, las matizaciones, las  calidades".

Como se sabía los cuadros de memoria, a veces comparamos fotografías del "antes" con lo que había quedado después. Nunca le vi equivocarse.

Además de sus extraordinarias cualidades humanas y su bondad e integridad personales, además de sus dotes artísticas y de sus obras, de Antonio López Torres me quedará siempre la profundidad de su mirada, que abarcaba el mundo. Antonio, como persona, era la encarnación de una filosofía de la vida construida sobre un sólido fondo de sinceridad. Y tenía el don de convertir todo eso, que ya era mucho, en arte.

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