Recuerdo a Antonio desde mi primera
infancia. Siendo yo niño, la suya era una presencia casi constante en
casa de mis padres. Era normal verle sentado a la mesa o en fiestas y
cumpleaños. Además, tenía una habitación asignada, una pieza
grande que familiarmente era conocida como "el cuarto de las dos
calefacciones". Allí guardaba sus pinturas y tenía alzado su
caballete en muchas ocasiones. En un rincón del pasillo lateral, en
perfecto orden, podían encontrarse los botes de aguarrás, aceites y
otros productos que él usaba. Creo que más de una vez cacharreé
con ellos, pero él nunca se enfadó. Lo cierto es que el olor de las
pinturas y de los disolventes resultaba particularmente acogedor en
aquella zona de la casa.
He
tenido la suerte de ser retratado dos veces por Antonio. La primera en
1960, cuando yo aún no tenía seis años. Las imágenes que guardo de
aquello son muy borrosas pero no han llegado a diluirse. Me hizo el
dibujo en el cuarto de estar que había junto a la cocina, en casa de
mis padres, en Ciudad Real. Esta habitación, cuadrada y de medianas
dimensiones, tenía un balcón a la calle de la Rosa, y Antonio
invirtió mucho tiempo en situarme, estudiando la luz que me daba en
el rostro. También recuerdo algunas pruebas con diferentes tipos de
ropa, ya que quería encontrar un cierre adecuado para el retrato.
Comencé a dibujar con él seis
años después. Tenía afición por el dibujo y por la música y
Antonio se ofreció para que dibujara junto a sus alumnos
"oficiales" en la Escuela de Artes y Oficios de Ciudad Real,
que entonces creo que dirigía Jerónimo López-Salazar. De manera que
él mismo solía llevarme por las tardes, me colocaba frente a un
pequeño modelo de escayola en uno de los puestos de dibujo que tenía
el aula, y aprendía algo de la técnica de carboncillo.
Antonio se movía con gran
naturalidad por el aula y los alumnos le tenían en gran estima. Junto
a los puestos de dibujo, cada cual dotado de su propia iluminación y
soporte, había otra aula de pintura, que solía convocar a varios
aprendices alrededor de un modelo central. Cuando Antonio tomaba la
paleta de un alumno en la mano y adoptaba su posición natural de
trabajo y concentración, haciendo varios tic con la mano derecha
situada bajo la barbilla, los alumnos no tardaban en tomar posiciones
junto a él, siempre en silencio, observando su forma de
trabajar.
Avanzaba muy despacio pero su
precisión era espectacular: distinguía pequeñísimos matices de
color, que aplicaba en porciones a veces mínimas, y que enseguida
matizaba con otras gamas. También era un maestro en las correcciones
de encajado. Trazaba unas líneas generales y enseñaba al alumno las
partes que se correspondían, las formas que guardaban una secreta
relación espacial, e indicaba cómo había que representarlas en el
papel.
Nunca oí a nadie hablar mal de
Antonio. Tampoco le vi nunca imponerse de forma desproporcionada. De
alguna manera se captaba que era un ser especial, y que con un lápiz
o un pincel en la mano se transformaba. Además trataba a todos en un
plano de igualdad que, por así decirlo, desarmaba. Gozaba
mostrándonos sus bocetos y apuntes o sus obras terminadas, a pesar de
que ninguno de nosotros fuéramos nadie más que meros aprendices. Y
lo hacía sin condescendencia ni deseos de apabullar. En sus
comentarios se apreciaba un timbre afable y considerado.
En ocasiones he coincidido con
alumnos de Antonio y hablado con ellos. Para todos era un genio.
Incluso cuando la pintura que después han creado estas personas sea
muy distinta del realismo de López Torres, o incluso se adentre
totalmente en la abstracción, parecían conscientes de que Antonio no
les había enseñado técnica o pintura sino a mirar el mundo a
través de los ojos del arte. Y esto contando con que Antonio no era
un pintor de sensaciones momentáneas, sino que basaba su obra en una
técnica prodigiosa; una técnica que sería bellísimo intentar
explicar y reproducir a través de aplicaciones gráficas y de la
informática.
También era proverbial su
frugalidad. En invierno, cuando regresábamos de la clase de dibujo y
atravesábamos la plaza del Ayuntamiento, no era raro que compráramos
un paquete de castañas en el puesto que había junto a la carnicería
Mazo. Además de calentarnos las manos, las castañas eran una especie
de símbolo del final de la jornada. Pero esos días, él ya no tomaba
nada de cena o muy poco. Patricia, que era una especie de ama de
llaves en casa de mis padres, le decía: "Come usted menos que un
pajarito, don Antonio". Y era cierto.
La
segunda vez que me retrató fue en Madrid, en 1972. Yo tenía 17 años
y había vuelto a dibujar con él. Esta vez me hizo el dibujo en mi
propia habitación, junto a la ventana, y él mismo eligió la camisa
blanca que debía ponerme. Había una luz muy matizada en aquel cuarto
y ese ambiente se respira en el retrato, todo él envuelto en una nube
de medias tintas.
Creo que Antonio nunca buscó el
efectismo ni el "que quede bonito". Construía sus obras con
una coherencia de acero, sin concesiones facilonas. Es posiblemente la
pintura más honesta que se ha hecho en el siglo. Hay que añadir que
tampoco tenía que dar cuentas a nadie: no pretendía vender, vivía
el arte desde el interior y falsearse a sí mismo, hacer concesiones a
una galería inexistente, creo que le hubiera angustiado. Era feliz
con su pintura porque podía vivir dentro de ella. El hecho de que
necesitara tan pocos bienes materiales se lo facilitaba enormemente.
Por esa época también le
acompañaba mucho a exposiciones y galerías de arte, sin olvidar
numerosas visitas al Museo del Prado.
De exposiciones, una de las que más
le gustaron fue la de los Impresionistas, que se celebró en los bajos
de la Biblioteca Nacional. Admiraba a van Gogh y a Pisarro. Pero no
todo el impresionismo le satisfacía de manera generalizada. Creo que
no le gustaba demasiado que a él mismo le llamaran
"impresionista" o "postimpresionista" algunos
críticos pero eso no influía mucho en su valoración de la pintura
de estas escuelas. A mi modo de ver, lo que más contaba en sus
juicios de valor era la sinceridad frente a la naturaleza, la falta de
trucos, que él descubría con gran facilidad gracias a su dominio
técnico. Porque toda la
pintura de Antonio no es otra cosa más que un testimonio de su
existencia frente a la naturaleza, de su comunicación con ella. De
manera que no tenía mucho
interés por la artificiosidad. Él carácter lírico que tantas veces
emana de sus cuadros le pertenecía por naturaleza, no es un añadido
que él consiguiera enmascarándose en recursos aprendidos.
Del museo del Prado le gustaban
muchas salas, pero creo que sus preferidas, comenzando por Velázquez,
eran las de los primitivos italianos y flamencos, la escuela española
del siglo de oro, Tiziano y Goya, además de algunas obras de Rubens.
De
los primitivos italianos y flamencos le gustaba casi todo, comenzando
por El Bosco y Durero y siguiendo por Fray Angélico y Boticelli.
Ahora bien, uno de los cuadros que más veces vi con él, ya que nunca
faltaba en nuestros recorrido, era el autorretrato de Tiziano ya
viejo. Un cuadro ciertamente impresionante del que alababa todo: la
soltura técnica, la entonación del color, el tratamiento del
rostro... Se admiraba de que un hombre tan mayor pudiera aún poseer
tanta capacidad perceptiva.
Lo que menos le gustaba del museo
eran los restauradores. Le parecía natural que los cuadros se
cuidaran y se limpiaran, pero no veía lógico que estas personas
tomaran en sus manos los pinceles y rehicieran el trabajo de un
artista que ya no tenía oportunidad de defenderse.
En una ocasión llegó a casa muy
enfadado: "ven al Prado conmigo", me dijo. "Estuve ayer
y han puesto peluca a la mitad de los cuadros de Velázquez que
estaban restaurando".
Otra de sus obsesiones era que no
arrancaran las veladuras. "El pintor -decía- toma a veces muy
poco pigmento y es muy fácil llevárselo cuando se quita el barniz.
Entonces el cuadro queda plano, pierde sus brillos, las matizaciones,
las calidades".
Como se sabía los cuadros de
memoria, a veces comparamos fotografías del "antes" con lo
que había quedado después. Nunca le vi equivocarse.
Además de sus extraordinarias
cualidades humanas y su bondad e integridad personales, además de sus
dotes artísticas y de sus obras, de Antonio López Torres me quedará
siempre la profundidad de su mirada, que abarcaba el mundo. Antonio,
como persona, era la encarnación de una filosofía de la vida
construida sobre un sólido fondo de sinceridad. Y tenía el don de
convertir todo eso, que ya era mucho, en arte.