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Índice de recuerdos personales

 

Antonio López Torres · Pintor
1902 - 1987


Artículos y Críticas
Javier M. de Padilla
Catálogo, A. López Torres en las colecciones privadas.
Antonio López Torres,
viejo amigo
Todavía no sé, querido Antoniatre (mi hermana Maruja te llamaba así hace 60 años. Me apuesto que lo recuerdas) si te empeñaste en hacerme ir a Tomelloso en tu última etapa artística para pintarme y regalarme una tabla o para que con ese pretexto emprendiésemos cada mañana el camino de la Osa, y nos quedásemos llanura adentro dialogando hasta el atardecer.

¿Qué digo dialogando? Tú lo sabías todo sobre mí, como si a través de tu gran amigo, mi abuelo, Francisco Martínez Ramírez, hubieses intuido mi trayectoria y mi pensamiento. Quizás por eso a mis palabras solías responder con prolongados silencios. Después llegaba tu monólogo, rudo y profundo, que yo respetaba íntegramente.

Era la Justicia el telón de fondo de todas tus expresiones. Te atormentaron siempre las injusticias en sus más variadas vertientes. Nunca hubo envidia ni rencor en ti. Te rebosaba el amor a la vida y el reproche íntimo a sus imperfecciones. Te amargaba algo -todavía desde aquí, pero hacia el más allá antes de tiempo- la carencia de interlocutores.

Con aquel sombrero viejo alicaído, el mandil sucio, porque querías, y tu bulto de trabajo, nos poníamos a la labor andante. Al llegar a los campos del silencio, siempre los mismos, el sol veraniego ya estaba alto, y yo no había dejado de ir preguntándome si te apercibiste de lo que hacían y decían a nuestro paso, calle de doña Cristina arriba, los numerosos peatones que nos divisaban.

¿Qué más daba? ¿Verdad? Tú formabas parte de la naturaleza, los peatones no. Incluso aquellos que se quedaban agazapados, como a un kilómetro de nuestro cotidiano refugio seleccionado por ti, y miraban casi petrificados durante horas hacia todos nuestros movimientos. ¿Quién sería yo? ¿Qué hacías tú con ese extraño?

Estoy seguro de que tu admiración por mi abuelo, desde "Mirasol" en los años veinte, marcó tu alma y disciplinó tu vida hacia la búsqueda interior de la Verdad y el rechazo de lo falaz y de lo vacuo. Pero de él aprendiste que no siempre va de acuerdo la lealtad con la justicia. Y en tu peregrinaje por la soledad, nunca dejaste de tener en cuenta la relatividad de las valoraciones establecidas. No he llegado a descubrir si tu indulgencia era producto de tu absoluta seguridad en torno a la estética, o bien tu sabiduría rural determinaba con precisión el punto de encuentro de los amaneceres de tu vida.

Antonio, después de desechar durante dos semanas todas las tablas que estuviste pintando conmigo al lado, terminaste a tu gusto una, integrada hoy en la Muestra antológica, y luego me enseñaste, en el patio de tu vieja casa, situándolos por todas partes, tus cuadros más queridos. Me fascinó la amplia panorámica de surcos repletos de amapolas. ¿A dónde fue a parar?

Dudo de que tu fino sentido del humor, faceta de tu carácter poco conocida, llegase a perdonar y consentir fugas o entuertos desacostumbrados en tu sensibilidad inmaculada. Si exceptuamos a tus enemigos mortales, los fármacos, verdaderos molinos de viento de tu quijotismo, no hubo nada hacia lo que no mostrases comprensión y ternura.

Si un allegado te oía, era paradójicamente posible escucharte algún exabrupto para manifestar esa ternura. A mí solías decirme, y ahora te plagio con regocijo, que deberían fusilar a quienes se aparecen demasiado tontos públicamente...

Siento que no estés entre nosotros. Te brillarían los ojos y esbozarías tu sonrisa leve y socarrona ante tantas manifestaciones actuales en torno a la pérdida de ilusiones de los españoles de nuestro tiempo...

También me apuesto a que me llamarías una mañana limpia, para irnos hacia la Osa o la Cueva de Montesinos, donde no te oyese nadie más que yo, y poder enhebrar un profundo monólogo sobre la estupidez.

¿Quién puede perder las ilusiones, patrimonio íntimo intransferible, nacido del propio aliento inteligente de la vida? Que te lo venga a contar a ti, Antonio López Torres, viejo amigo, para quien ilusionarse era -y perdón por el tópico tan conocido- el canto del jilguero o el aletear del tordo; el cielo y la mañana. La amistad y el recuerdo.

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