Todavía no sé, querido Antoniatre (mi
hermana Maruja te llamaba así hace 60 años. Me apuesto que lo
recuerdas) si te empeñaste en hacerme ir a Tomelloso en tu última
etapa artística para pintarme y regalarme una tabla o para que con
ese pretexto emprendiésemos cada mañana el camino de la Osa, y nos
quedásemos llanura adentro dialogando hasta el atardecer.
¿Qué digo dialogando? Tú lo
sabías todo sobre mí, como si a través de tu gran amigo, mi abuelo,
Francisco Martínez Ramírez, hubieses intuido mi trayectoria y mi
pensamiento. Quizás por eso a mis palabras solías responder con
prolongados silencios. Después llegaba tu monólogo, rudo y profundo,
que yo respetaba íntegramente.
Era la Justicia el telón de fondo
de todas tus expresiones. Te atormentaron siempre las injusticias en
sus más variadas vertientes. Nunca hubo envidia ni rencor en ti. Te
rebosaba el amor a la vida y el reproche íntimo a sus imperfecciones.
Te amargaba algo -todavía desde aquí, pero hacia el más allá antes
de tiempo- la carencia de interlocutores.
Con aquel sombrero viejo alicaído,
el mandil sucio, porque querías, y tu bulto de trabajo, nos poníamos
a la labor andante. Al llegar a los campos del silencio, siempre los
mismos, el sol veraniego ya estaba alto, y yo no había dejado de ir
preguntándome si te apercibiste de lo que hacían y decían a nuestro
paso, calle de doña Cristina arriba, los numerosos peatones que nos
divisaban.
¿Qué más daba? ¿Verdad? Tú
formabas parte de la naturaleza, los peatones no. Incluso aquellos que
se quedaban agazapados, como a un kilómetro de nuestro cotidiano
refugio seleccionado por ti, y miraban casi petrificados durante horas
hacia todos nuestros movimientos. ¿Quién sería yo? ¿Qué hacías
tú con ese extraño?
Estoy seguro de que tu admiración
por mi abuelo, desde "Mirasol" en los años veinte, marcó
tu alma y disciplinó tu vida hacia la búsqueda interior de la Verdad
y el rechazo de lo falaz y de lo vacuo. Pero de él aprendiste que no
siempre va de acuerdo la lealtad con la justicia. Y en tu peregrinaje
por la soledad, nunca dejaste de tener en cuenta la relatividad de las
valoraciones establecidas. No he llegado a descubrir si tu indulgencia
era producto de tu absoluta seguridad en torno a la estética, o bien
tu sabiduría rural determinaba con precisión el punto de encuentro
de los amaneceres de tu vida.
Antonio, después de desechar
durante dos semanas todas las tablas que estuviste pintando conmigo al
lado, terminaste a tu gusto una, integrada hoy en la Muestra
antológica, y luego me enseñaste, en el patio de tu vieja casa,
situándolos por todas partes, tus cuadros más queridos. Me fascinó
la amplia panorámica de surcos repletos de amapolas. ¿A dónde fue a
parar?
Dudo de que tu fino sentido del
humor, faceta de tu carácter poco conocida, llegase a perdonar y
consentir fugas o entuertos desacostumbrados en tu sensibilidad
inmaculada. Si exceptuamos a tus enemigos mortales, los fármacos,
verdaderos molinos de viento de tu quijotismo, no hubo nada hacia lo
que no mostrases comprensión y ternura.
Si un allegado te oía, era
paradójicamente posible escucharte algún exabrupto para manifestar
esa ternura. A mí solías decirme, y ahora te plagio con regocijo,
que deberían fusilar a quienes se aparecen demasiado tontos
públicamente...
Siento que no estés entre nosotros.
Te brillarían los ojos y esbozarías tu sonrisa leve y socarrona ante
tantas manifestaciones actuales en torno a la pérdida de ilusiones de
los españoles de nuestro tiempo...
También me apuesto a que me
llamarías una mañana limpia, para irnos hacia la Osa o la Cueva de
Montesinos, donde no te oyese nadie más que yo, y poder enhebrar un
profundo monólogo sobre la estupidez.
¿Quién puede perder las ilusiones,
patrimonio íntimo intransferible, nacido del propio aliento
inteligente de la vida? Que te lo venga a contar a ti, Antonio López
Torres, viejo amigo, para quien ilusionarse era -y perdón por el
tópico tan conocido- el canto del jilguero o el aletear del tordo; el
cielo y la mañana. La amistad y el recuerdo.